El reloj marcaba exactamente las 8:20 de la mañana en los estudios de Radio Olmos, 102.3 FM. Al frente del micrófono, en plena emisión del programa Mortero, jamás me había tocado presenciar un momento de profunda humanidad que cala y llega al corazón y quiebra al mas recio.
A esa hora, cuando el calor empieza a apretar en las calles y la rutina envuelve al pueblo, la voz de un anciano logró detener el tiempo y conmover profundamente a miles de radioescuchas olmanos que sintonizaban la emisora. Ese día entrevistaría a través del celular al candidato Marco Sánchez, quien caminaba en su jornada proselitista por los caminos olvidados, por gestiones anteriores.
Marco no estaba solo; a su lado, con la serenidad de los años y la mirada limpia, se encontraba el profesor Néstor Colmenares Atoche, su maestro de primaria, quien hoy lo acompaña en la jornada electoral como su consejero más fiel y querido.

El sol de Olmos no calienta, abrasa. Es una luz espesa, dorada y ardiente que cae vertical sobre los algarrobos y convierte el polvo de los caminos rurales en una celaje flotante. En esta tierra de calores implacables y nostalgias infinitas, donde la vida a menudo se mide por la tenacidad para resistir a la intemperie, dos hombres caminan juntos.
Vistos desde lejos, sobre la polvareda de los caminos olvidados, parecen la sombra del pasado y el presente entrelazándose en un solo abrazo. Uno es Marco Sánchez, el candidato; un hombre cuya estampa serena y temple en años de servicio reflejan una trayectoria de constante superación. El otro, con pasos breves pero firmes, la camisa blanca impecable y la mirada humedecida por los recuerdos, es el profesor Néstor Colmenares Atoche.
Años atrás, en la escuela primaria Mariscal Ramón Castilla, las tardes olían a tiza seca y a la tierra húmeda que traían en el calzado envejecido los niños del campo. Marco era entonces un pequeño sumido en la orfandad prematura.

La pérdida de su madre a los cinco años quebró la abundancia familiar de San Cristóbal Chico y lo arrojó a un destino incierto, marcado por la escasez, el trabajo infantil en la recolección de limones y la dureza del entorno. Sin embargo, bajo el techo de aquel aula humilde, entre carpetas de madera desgastada y mapas descoloridos, la mano guía del maestro Néstor no solo enseñó las primeras letras, sino que sembró principios intangibles, la disciplina, la honradez y la certeza de que el conocimiento es el único refugio capaz de vencer a la adversidad.
«Marco era un alumno brillante, distinguido. Manifestaba siempre en sus estudios la honestidad y los valores trazados desde la infancia», evocó el viejo profesor al aire con un hilo de voz entusiasmado, mientras la señal de la 102.3 FM llevaba sus palabras a cada rincón del distrito.

En la cabina de la radio, un nudo en la garganta apago por un instante la voz del conductor del programa el murmullo habitual dio paso a una ternura profunda cuando el anciano maestro miró de frente a su antiguo pupilo. Recordar las viejas correcciones y los consejos de antaño no causó severidad, sino el orgullo sereno del agricultor que contempla un árbol que dio frutos nobles.
El niño que recolectaba limones bajo el sol abrasador creció para enfrentarse a la vida con temple indomable. Su camino lo llevó desde la dureza del servicio militar hasta las aulas de la Escuela de Oficiales, convirtiéndose en Comandante de la Policía Nacional del Perú, abogado por la Universidad Nacional de Tumbes y un profesional con una sólida preparación académica.
Pero más allá de las condecoraciones y los títulos, Marco conservó intacta la huella de sus orígenes y el respeto sagrado hacia el hombre que vio en él una luz cuando todo era sombra.
Hoy, la contienda electoral no los reúne como político y militante, sino como la lección que vuelve a su punto de origen. El viejo maestro camina junto al candidato no por estrategia, sino por el deber moral del consejero que cuida hasta el final la obra de sus manos.

En medio de los aplausos y del bullicio de las plazas, el maestro Colmenares se detiene a observarlo. En sus ojos gastados por las décadas de tiza y pizarrón no hay vanidad; hay una reconfortante y profunda paz. La certidumbre de que las largas jornadas enseñando a leer en una pequeña escuela rural no fueron en vano.
«A un pueblo no se le mide por su extensión geográfica, sino por la cultura y la altura moral de sus hombres», repitió el profesor, evocando a los clásicos mientras acomodaba la palma de su mano gastada sobre el hombro del alumno que hoy aspira a guiar los destinos de Olmos.
Cuando la entrevista concluyó y el sol empezó a brillar tras la cordillera, ambos hombres se fundieron en un abrazo silencioso lejos del estudio. No había discursos en ese gesto. Solo el murmullo del viento entre los algarrobos y la quietud de un maestro que, al ver a su alumno transformado en un hombre de bien, comprende que ha cumplido con la vida.

